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PAN Y CIRCO

  • Marcos Rouces
  • 21 jun 2016
  • 2 Min. de lectura

La voluntad del pueblo es voluble. Los ciudadanos creemos poseer una inteligencia sin límites y una capacidad de juicio impecable. Y esto no es bueno. Bien lo sabía hace 2000 años la clase dominante de la civilización romana. El pueblo aplaudía al emperador de turno porque éste organizaba fastuosos espectáculos circenses y hacía repartos gratuitos de harina. Era considerado un dios por los ciudadanos de la metrópoli, mientras los pueblos germánicos presionaban sus fronteras.


La evolución de esta clase senatorial actualmente sigue utilizando los mismos recursos. Y es que aún existe el circo, el espectáculo de masas por antonomasia en Occidente, el Fútbol. La gran mayoría de la población controla hasta el más nimio dato sobre este deporte, si se le puede llamar así. El fútbol hace tiempo ya que dejó ser un deporte. Se trata de un negocio importantísimo, una de las industrias que más dinero mueve. Y en este negocio es donde la corrupción moral (y de otros tipos) reina. Sólo importa el dinero, en el mercado de fichajes prima el lucro sobre el supuesto valor del futbolista en el campo de juego.


Cuando gana El Equipo todos nuestros problemas desaparecen. Las deudas ya no son tan cuantiosas, el conseguir trabajo no es tan importante, todo se rebaja ante un acontecimiento que cambia nuestras vidas y que decidirá nuestro futuro. Y nosotros seguimos pagando temporada tras temporada la camiseta de la estrella del momento, el carné de socio y el canal de pago para estar al tanto y aplaudir cómo unos pocos se reparten nuestro dinero. Y es que muchas veces, en nuestros delirios de inteligencia y superioridad criticamos a los jugadores por su falta de estudios, por su escasa cultura y por su triste manera de expresarse repitiendo frases hechas. Discrepo. Los futbolistas son grandes psicólogos, que saben cómo hacer de una molestia en el tobillo una polémica, y de una polémica más dinero. Deben reírse de nosotros, pensando en lo inocentes que somos.


Pero no todo es tan negro. Hoy, afortunadamente, la clase senatorial que organiza el circo y reparte el pan no está cerrada. Todos los que se abstraen de la psicosis colectiva y miran con ojo crítico son los nuevos senadores liberados de una esclavitud moral. Dejemos pues de arrodillarnos ante gurús del balón, escapemos de la hipnosis de La Roja, apaguemos el televisor y miremos a nuestros verdaderos problemas, los que sí nos afectan. Termino ya aquí, que juega España.


 
 
 
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